50 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE PÍO BAROJA

EL UNIVERSO DEL BAROJISMO

Acababan de dar las doce, de una manera pausada, acompasada  y respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj, alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la uniforme y monótona serie de las horas que va rodeando nuestra vida, hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el obscuro seno del tiempo”.

De esta manera comienza “La busca”, uno de los libros más celebrados de Don Pío Baroja y Nessi.
Y es que, en el cincuentenario de la muerte del artista vasco, el tiempo cobra un matiz especial, como instrumento devorador de entidades, pero también como puente recobrador de memoria y aparato para evocar figuras loables.
Pero Baroja no es sólo un personaje, es un mundo, un universo, que va más allá de meras corrientes y flujos de pensamiento a los que, el gran recuperador de Urtzi Thor y el alma de los mitos vascos, recelaba de adscribirse.

 

Momento es de honrar el personaje y su círculo intelectual, tan incomprendido como admirado en su tiempo, frío e impulsivo a la vez, calculador e impetuoso, Silvestre Paradox y Manuel Alcázar, bohemia y hampa, tan cerca y tan lejos, en su Madrid y en su tierra de marinos, en Itzea y en la panadería de la calle Mendizábal.
Es hora de sentir los haces de luz entrando por los ventanales de la colegiata de Labraz, el rumor del río Bidasoa, rememorar las tertulias y el ambiente familiar de Itzea, el rugido del mar en Lúzaro, los cantos de origen celta, las reflexiones místicas y espirituales de Fernando Ossorio y las azarosas vidas de tantos y tantos tipos barojianos.

 
Después de medio siglo sin el ilustre hombre de mirada perdida, nos quedas sus personajes, que se materializan de nuevo y cobran más fuerza que nunca, y son reencarnaciones del insigne Don Pío.
Muy probablemente hubiéramos estado hablando de Baroja con anterioridad, de no ser por aquel requeté comprensivo y amante de la obra del vasco, que fue clemente al no disparar su fusil después de oír el grito de “¡Viva la República!” que profirió el maestro mientras el soldado carlista lo encañonaba. Así era el de San Sebastián, frío e impulsivo, rebelde e inconformista.

Podría cargarse de adjetivos la sombra de Pío Baroja, pero cada uno debe sumergirse en su magia y en el hechizo de su obra para elaborar un dictamen acertado. Se ha criticado en exceso el carácter folletinesco de su obra y los saltos que experimenta la acción en sus novelas, no obstante lejos de ser esto negativo, dota a sus composiciones de una notable viveza y dinamismo característicos de la España de la época y de una generación muy concreta. Para entender esto, conviene hacer mención a una frase de Baroja donde se comprende rápidamente la discontinuidad de los hechos en el conjunto de la obra barojiana: “ la novela es un saco donde cabe todo”.

Es digna de mención la estirpe de hombres ilustres que componían el linaje de los Baroja. Personajes como Ricardo Baroja, Julio Caro Baroja y Pío Caro Baroja, contribuyeron a perpetuar el blasón de una de las familias más influyentes en el campo de la cultura española del siglo XX.
Hace 50 años, a principios de verano del año 1956, una caída lo imposibilita y empieza a mitigar el fulgor del pensamiento del ilustre Baroja. Grandes personajes del mundo de la literatura gozaron de la oportunidad de despedir al creador de una de las obras más ingentes de la literatura en nuestro país, pudiendo citarse nombres de la talla de Ernest Hemingway o Camilo José Cela, que incluso pudo llevar su ataúd a hombros hasta el cementerio civil de la ciudad de Madrid, donde fue enterrado con todos los honores.
¡Fatídico día el 30 de octubre del año 1956, en el que se fue uno de los más admirables exponentes de nuestras letras!
 

Eran hombres de acción los personajes del mundo barojiano. También lo era el propio Baroja, aunque sólo de espíritu. En este momento conviene hacer mención al paralelismo Baroja = Zalacaín, y evocar los tristes epitafios de los versolaris vascos, que todavía pueden oírse en los atardeceres de Bera.
En la memoria colectiva y en nuestra riqueza cultural, queda la tierra que nos mostró Baroja, pero no sólo eso, también su historia, su mundo, su universo, que no pueden describirse sino con una única palabra: BAROJIANO.

Juan Manuel Romero Iglesias, 3º ESO C